Nuclear Japan
Estas observaciones se basan en la premisa de que, dado que la guerra ha sido una constante en la evolución de la humanidad, la seguridad y la prosperidad de una nación están inextricablemente ligadas a su poderío militar. Para ilustrar este punto, el autor compara las veneradas ciudades históricas de Venecia y Alepo. De las dos, Venecia se benefició de tener la capacidad militar más avanzada de la época medieval y disfrutó así de una estabilidad prolongada, mientras que Alepo sufrió constantemente a manos de enemigos más poderosos. Japón se parece más a esta última.
En la era de la posguerra, son los Estados equipados con armas nucleares los que han dictado el equilibrio de poder. De hecho, los cuatro países más importantes para la seguridad actual de Japón son su aliado Estados Unidos y los hostiles o potencialmente hostiles China, Rusia y Corea del Norte, todos ellos con armas nucleares. Como ilustran las reuniones finalmente infructuosas entre el líder norcoreano Kim Jong Il y el ex presidente estadounidense Donald Trump, Corea del Norte no tiene la menor intención de renunciar a su armamento nuclear y otros armamentos avanzados. Pero incluso si lo hiciera, la amenaza más amenazadora para Japón procede de China. Con su militarización del mar de China Meridional, sus intenciones agresivas hacia Taiwán, su comportamiento provocador en torno a las islas Senkaku (Diaoyu), su implacable expansión militar y su determinación de sustituir a Estados Unidos como hegemón regional, China representa sin duda un grave peligro para Japón.
El autor propone una estrategia doble. En primer lugar, Japón debería construir una red de refugios nucleares en número y escala suficientes para proteger a su población, especialmente en las populosas zonas urbanas que probablemente serían objetivo del enemigo. En segundo lugar, Japón debería ingresar en la OTAN y aprovechar la protección que le ofrecen las cabezas y bombas nucleares norteamericanas mientras se prepara para la guerra. Sin embargo, si el ingreso en la OTAN resultara inviable, Japón debería desviar los recursos actualmente destinados a mantener la presencia militar estadounidense en el país hacia el desarrollo de sus propias cabezas y bombas atómicas, así como de submarinos equipados con misiles nucleares.
A pesar de la creencia generalizada de que la Constitución prohíbe a Japón tener armas nucleares, el autor señala que la cuestión ha sido planteada por varias administraciones en el pasado, desde la del primer ministro Kishi Nobosuke en 1957. Además, las frecuentes escalas de submarinos y portaaviones estadounidenses cargados de armas atómicas son una burla a los Tres Principios No Nucleares que supuestamente respeta Japón. Dado que la Alianza de Seguridad entre Estados Unidos y Japón no ofrece ninguna garantía de protección, el autor no ve ningún impedimento para que Japón la derogue y se embarque en su propio programa de armas nucleares. En la posguerra, varios países han logrado desarrollar este tipo de armas y es perfectamente posible que Japón haga lo mismo.
En conclusión, el autor prevé una situación en la que China logre subyugar a Taiwán y Estados Unidos se vea obligado por limitaciones financieras a reducir su presencia militar en Extremo Oriente. El único país capaz de compensar el déficit sería Japón, que, mediante la adquisición de armas nucleares, podría mantener el equilibrio de seguridad en Asia Oriental. Al mismo tiempo, podría garantizar su propia supervivencia.
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Última modificación: 2024.11.14 07:32 (GMT)